Se desentendió de su cuerpo, esa misma noche dedico cada claro de luna a extirpar su pelaje, arañar trozo a trozo su negra cabellera. Hasta la última herida ya estaba bien seca y fauces y colmillos habían agotado ya todo rastro de sudor y arena.
Las llagas ya habían cerrado. Tenían piedras, ni enormes, ni pequeñas, atrapadas dentro de ella cicatrizada a la tierra. Eran un peso mínimo de mas atascados, entre tejido y tejido y tejido, piedras como las pelotas negras azabache de sus ojos. Las llagas estaban llenas, pero estaban finalmente dispuestas.
Llevaba poco más de un mes rondando con sigilo las inmediaciones de su cerco. Con cautela espantosa hacia guardias constantes al son de la madrugada. Histéricamente obstinada en rehuirle al sol, a ese sol disimulado que la verdadera guerra dejaba a su paso.
Un sol jodido, ensombrecido de humos y columnas de gas que amenazaban con forjar el sostén de una nueva ciudad. De día todo era negro, ardiente, de noche rojo y repentino, cenicero.
Dormitaba amurallada en su prisión desde la penumbra segura de su cerco. Se derrumbaba en la tierra húmeda de las jaulas, cada día imaginaba nuevas celdas, muros de hormigón, cemento y pensamiento.
Durante sus rondas llego a notar los disparos que azotaban ferros con cruel finura inyectados del otro lado de cada espacio, cada muro; penetrando casi por equivocación lo dicho impenetrable.
Y ella lo sabía: el asedio había acabado, no se puede vivir de dolor por burdo que sea este. Era tiempo de abandonar aquella tierra de paredes, tierra abstraída, substraída del tiempo.
Las últimas horas, y casi por juego, las paso pisoteando, inventando nuevos apandos al ritmo de su trotar fatídico. Las huellas de aquella loba se inventaban murallas en las celdas de las murallas, de las celdas de las murallas. Arquitecta precoz y grotesca de su íntimo laberinto, así debería ser.
Había perdido noción de sí misma, imposible saber si le perseguían el rastro; su olor impregnaba el mundo, desde las balas deglutidas hasta las piedras calcinadas entre la piel.
Aquella noche de luna intermitente se dio a la fuga de sí misma. Sin un vistazo nostálgico, anocheciendo se dirigió ya sin consideraciones hacia su escapada. El agujero la esperaba atroz y listo, tendiéndole la trampa que ella habría de tomar.
Se lanzo en una carrera patética hacia donde imaginaba debería estar el horizonte. Y la loba se mancho de lluvia, de pólvora, sangre apenas, y un olor a libertad y vértigo, olores a suelo mojado y vivo.
Y aullo, aullo a la luna intermitente y menguante, porque aquel era su instinto, esa era su voz.
Y se alejo en la negrura interrumpida, buscando su nombre, guiando, quizás cazando su soledad.
Loba tonta que no vez que te van a matar?