La foto no es mia, el orginal esta aqui --> http://www.flickr.com/photos/8078381@N03/3490767129/Como odiaba aquella loba las casas en sitio, como Sarajevo. Todo empezaba ahí. Pero las casas en sitio eran distintas a las ciudades, era un sitio de silencios; no olía a pólvora y cristales rotos, ni lluvia, ni sangre, ni siquiera olía a algo en específico. Solo a quedos murmullos a la expectativa de una catarsis que los despertara, entonces estaba ella de incognito en su propia casa.
La loba lamia sus heridas aun, ya no lo sentía, solo lo hacía. Aveces por puro gusto daba un par de lengüetazos donde sabia que el sabor a su sangre le ganaba al de la arena. Porque era eso, la arena, la arena la sofocaba, impregnada entre su negro pelo y su piel ardida, se aferraba a cada fibra de su cuerpo sin darle ni tiempo, ni tregua. Era un olor a mar que la aturdía, pero era un mar añejo y terco, sobre el que se zambullían peces a medio morir, o más bien medio vivir.
Trotaba a paso lento por entre los confines de su cerco, no era rumbo lo que le faltaba sino brío. Y repetía los círculos como en espiral, encerrándose cada vez más, como un sistema de túneles y muros secos. Moría de sed y moría de silencio.
El fragor de su garganta se había apagado a ritmo suave y sincero, sin dramatismos de por medio. Ya no era más que un gemido lo que su canto a la luna podía producir. Su trotar era cada vez más indiferente, no había una agonía tras cada paso, sin embargo no había ni razón, ni despedida para darlos.
Hace unos días se había topado con un agujero considerable en su cerco, como una falla en los muros, como un error improbable en su sitio, tan militar. Salida, y sus orejas raídas se habían parado y su olfato se había atrevido a oler, y sus pies a correr. En efecto sus enormes ojos oscuros discurrieron entre el paisaje antiguo, de esa guerra fresca y olor a lluvia y pólvora que anunciaban tempestad, maravilla de explosión.
Había correteado unos pasos bravos por entre tanto escombro, pero al sexto paso un disparo en la niebla la tumbo de lleno. Su sangre se lleno de sangre, y su boca de atormentados gemidos insulsos. Y entonces le vio, le vio de cerca y luego más. Le vio a los ojos, a los ojos pares y negros que la habían tumbado al vuelo. Y no le reconoció, no le reconoció la rabia pura en la mirada, ni la dulzura siniestra. Se presento aullando ante el monstruo horrible e incierto que la había herido primero. Y cada mirada fue un disparo en seco, y cada respiro le dio la razón a la retirada.
Primero aulló, aulló fuerte evidenciando todo su dolor, un grito de horror e histeria cruzaron su mirada en un segundo y sus garras y patas deshilachadas condujeron un baile macabro de retirada clara y doliente.
Y huyo, de vuelta a los confines de su cerco, a sus ruinas a lamerse las heridas, y mearse en las esquinas; segura ahora de que el monstruo y su olvido eran el mismo. Y el recuerdo del calor en sus fauces ya no era más que otra herida que lamer.
Pobre loba herida le roban la piel…
